Lavarnos las manos: Joseph Lister, el mercado y el coronavirus. Escrito por Zuleika Durán Salaberría.


Nada como una pandemia para concienciar lo enseñado pero tal vez no aprehendido. Es muy diferente hacer algo por tradición que hacerlo gracias a su causa. Desde niños en casa y luego, en la escuela, nos repetían hasta el cansancio eso de “Lávate las manos…”, “con agua y jabón…”, en especial antes de comer o después de jugar afuera. De grandes, vemos cómo las personas mantienen o no esta suerte de adiestramiento en nuestros sitios de trabajo o en casa de amistades, aunque no solemos juzgar con demasiada dureza esa flexibilidad que muchos dan a este tipo de normas, o por lo menos era así antes del año 2020.
            Las situaciones obvias nos impulsan al aseo, como el intentar hablar al despertarnos, levantar el brazo después de trotar o imaginar lo que le haríamos al teléfono con unos dedos tan grasientos, pero con respecto a los microorganismos, sabemos que están allí y no son buenos en la mayoría de los casos, pero no nos intimidan tanto como para desear ir al lavamanos antes de comer (sin los niños enfrente), al llegar a casa o previo a rascarnos ojos y nariz. Incluso, hay quienes son más temerarios, expertos en el arte de recoger comida cuando se cae del plato porque “no hay que dar gusto al diablo” o en tragar cucarachas vivas para ganarse una pitón, como un concurso promocionado por la tienda de reptiles de Ben Siegel.
En un mundo donde buscamos proteger cada vez más a otros seres vivos, parece que olvidamos prácticas para la protección de nosotros mismos, y más si no son milenarias. De hecho, la limpieza para la prevención de enfermedades tiene muy poco tiempo. Luego de siglos de observaciones sin experimentos, llegó un Louis Pasteur impulsado por “trabajo, voluntad y éxito” para dar “sentido a la vida humana”.  Este francés tenía la seria creencia en corpúsculos vivos presentes en el aire, los cuales observó como los causantes de convertir al alcohol en vino, distintos a los que convertían al vino en vinagre, y si se unían unos en el frasco de los otros, “enfermaban” al vino, lo estropeaban. La fermentación lo llevó a pensar que algo parecido podía ocurrir en el organismo humano, pese a que no era médico, puesto que para él los gérmenes se encontraban en todas partes. Teorizó por una parte, que los microbios entraban a los lugares al menos que se tomaran medidas para excluirlos, y por otro lado, que si se tomaban “medidas especiales”, los microbios nunca se desarrollarían de manera espontánea.
Joseph Lister, un cirujano escocés cansado de ver cómo la mitad de los pacientes moría una vez fuera de los pútridos quirófanos donde operaba con manos e instrumentos llenos de sangre acumulada, incluso hasta de autopsias, ligaba a la “gangrena de hospital” con las paredes del nosocomio, y le dio forma a su idea al toparse con el trabajo escrito de Pasteur. Hizo de su práctica una constante rutina de intentos por limpiar los alrededores del área quirúrgica, y luego fue más osado en buscar, junto con químicos de la época, algún líquido que pudiera limpiar la misma herida del paciente. Después de irritar muchas pieles, dieron con un ácido carbólico diluido en agua, al que Lister mezcló con el aceite que solía usar y le agregó carbonato de cal, para luego aplicarlo sobre una fractura abierta de tibia, de cuya reducción no quedó después mayor inflamación ni la pus que precede a la inevitable amputación o al deceso. Pudo publicar sus propios trabajos en 1867 mientras elogiaba a Pasteur en ellos y cambiaba el curso de la medicina. Es por esto que la conciencia sobre los gérmenes comienza por aquellos quienes los estudian, y se explaya desde el personal especialista en ciencias naturales hacia quienes llevan a la práctica estos descubrimientos, el personal de salud, y a su vez utilizan a las instituciones para expandir el mensaje educativo al resto de las comunidades en pro de una cultura de la prevención.
Tan rápido como aparecieron y se difundieron estas enormes soluciones a grandes problemas provocados por entidades tan pequeñas, se difuminaron en la mente de las personas siglos de pestes y eventos provocados por ellas, como cuarentenas, reuniones en iglesias para rezar y obras de teatro que se burlaban de las medidas sanitarias hasta que los actores morían infectados. Por intuición, llegamos a la conclusión de que el encierro prolongaba nuestras vidas, pero solo de manera científica, llegamos a la limpieza como actividad preventiva del contagio y por tanto, extensora de nuestras vidas.
Ante la presencia de virus nuevos, algo que toda la vida ha sucedido pero que habíamos logrado controlar de la mano del progreso científico, y la rápida propagación precisamente gracias a los inventos devenidos del mismo progreso, hemos tenido que desempolvar la vieja práctica del aislamiento, más nuevas restricciones con el toque actual en forma de “distancia social” y propuestas creativas de frases, saludos y reinvenciones mientras esperamos la “nueva normalidad”. Si podemos hacer algo tan drástico como el aislamiento, costoso para nuestra naturaleza político-social, ¿cómo no vamos a poder reforzar la más sencilla práctica del lavado de manos, aun sin sufrir como en muchos sectores, una falta importante del flujo de agua?
Para hacernos justicia, somos así. Ni Pasteur ni Lister fueron aclamados al principio, pues se encontraron con obcecación y prejuicio incluso dentro de la comunidad médica. Un poco antes, el norteamericano Oliver Holmes y el húngaro Ignaz Semmelweis les rogaron, imploraron, exhortaron a sus colegas médicos “que hicieran algo tan elemental como era lavarse las manos con un desinfectante” para intentar parar las muertes por fiebre puerperal, consejo que declinaron con mucha molestia. Aunque ahora sean evidentes los beneficios de esta técnica, fuera del hospital o clínica solemos desarticular la mayor cantidad de actividades que nos parecen innecesarias para poder vivir con la celeridad del día a día, y en especial si no se relacionan con graves problemas. Cuanto mucho, nos preocupamos por la salmonela y activamos el poder del lavado de manos para retirar restos de heces al ir al baño, manipular mascotas o cambiar pañales, y es posible que el olor y no la prevención sea lo primero que imagine la mente. Puede hacérsenos entonces difícil incorporar y multiplicar la práctica durante tantas veces por algo que no vemos, y algunos hasta no creen. La conciencia sobre el problema y sobre el porqué del lavado frecuente nos llevaría a modificar la conducta cada vez con menor pesadez. Su esfuerzo no parece mayor a otros comportamientos adoptados también de manera forzosa en este período, como el uso de mascarillas, guantes o aplicaciones como Zoom.
Ante la inminente llegada del coronavirus, uno de los temas discutidos ha sido la presencia del virus en los objetos, como los productos del mercado, convertidos ahora en transportes directos de esta amenaza hacia el hogar. Podría ser probable que una persona infectada estornude sobre uno de tantos paquetes de azúcar y que este mismo sea tomado por otra persona en menos de tres días, pero la información y la concienciación permiten bajar la ansiedad ante la posible presencia del virus. Es cierto que los distintos agentes sociales tienen el deber de actuar a favor de la conservación de la integridad propia y la de los demás mientras realizan su trabajo, y ello incluye el recibir y hasta exigir la inducción de los protocolos apropiados al estado emergente para evitar el contagio; la ética no es una cuestión solo de médicos y abogados. Pero no parece muy realista esperar que proveedores, vendedores y todo encargado de un supermercado desinfecte sus productos antes que lleguen al consumidor; lo exigible es el cumplimiento de los protocolos para el manejo de alimentos que se tiene desde hace mucho tiempo (y ahora vemos más claro el porqué) con respecto al uso de equipo de trabajo tales como guantes, redes para el cabello y ahora, tapabocas para evitar la propagación por gotitas. Y es posible encontrar huecos en los procedimientos porque no se hayan cumplido antes de la pandemia, o cueste cumplirlos por la rapidez de extensión de la misma.  Lo que vivimos es inédito para nuestras generaciones y representa un escenario desconocido, por lo cual es razonable confiar más en nosotros mismos que esperar por los demás, o por lo menos en situaciones donde no estamos totalmente vulnerables
Hay que lavarse las manos antes y después de manipular los objetos que compramos. En el caso de frutas y verduras, hay que lavarlos antes de cortarlos como se supone siempre lo hacemos (y ahora vemos más claro el porqué) y sin necesidad de detergentes porque podemos enfermarnos debido a los químicos. Si se trata de paquetes, después de lavarnos las manos, los abrimos, echamos su contenido en los recipientes destinados, desechamos el paquete y, sí, nos lavamos las manos. El denominador común entre el mercado, las frutas, verduras, paquetes, bolsas, cocina y ollas está representado en las manos y es en donde debemos centrarnos, porque son las que entran en contacto directo con nuestras mucosas.
El virus puede introducirse en nuestros hogares tal como los otros virus y bacterias lo han hecho, y eso es una realidad que no queremos escuchar. Enfrentar la realidad para modificar conductas es lo mejor. No podemos evitar los paquetes, ni las bolsas ni el piso, pero sí podríamos limpiar con más frecuencia, con especial atención en las superficies de mayor contacto, sin las expectativas de una casa impoluta porque no es un área de quirófanos. La más sensata opción es lavarnos las manos casi con una periodicidad ridícula, pero avalada por la conciencia de lo que estamos haciendo. Por eso las campañas repiten hasta el cansancio que la prevención comienza por nosotros: el contagio requiere de un acto netamente humano para entrar por las mucosas a nuestro organismo, así que reducir un estornudo dentro de una mascarilla, no llevar los dedos a los ojos sin lavar las manos antes o mantener distancia física son esfuerzos necesarios para revertir esa acción. Es duro, pero pudo ser peor, pues hay ciertas ventajas otorgadas por el coronavirus gracias a su baja probabilidad de transmisión por vía aerosol o absorción a través de la piel.
Nuestras cosas pueden convertirse en fómites si la ocasión lo permite, pero no son vectores epidemiológicos como ciertos rastreros e insectos voladores, los cuales sí deben ser fumigados para complementar la prevención porque en sus patas o residuos orgánicos pueden contener cualquier virus y bacteria perjudiciales para nosotros. Es más sensato preocuparse por las cucarachas en un mercado o las chiripas en nuestras casas que por legumbres, paquetes y bolsas. Rachel Brummert en Carolina del Norte, quien se aisló durante tres semanas y solo recibió entregas a domicilio de un supermercado por parte de una persona quien después dio positivo, admitió haber manipulado las bolsas sin protección a pesar de extremar las medidas para evitar el contagio por sufrir de una enfermedad autoinmune; no sabemos los detalles de la entrega, en este aparente contagio por bolsas, pero si la transmisión fue así, se habría evitado con un lavado de manos después de la manipulación y antes del desecho de estas. Lo esencial es lavarnos las manos, en conjunto con la distancia social, ya que este virus es altamente contagioso, como parece demostrarlo el contagio entre los individuos 4 y 5 de la cadena explorada en Alemania desde su paciente cero, quienes se infectaron pasándose la sal en un comedor. Lo tercero sería el uso de la mascarilla, vista hasta como un bozal, pero menos protestada por nosotros, el personal de salud, acostumbrados a dar y recibir instrucciones, reclamar algo o hacer respetar nuestras indicaciones en pacientes difíciles, y hasta devolvernos una gran sonrisa, todo con el tapabocas puesto, al que miramos como una herramienta de protección y sabemos que por sí sola, jamás nos impediría expresar lo que sentimos ni hacer lo debido.






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