Quitarle la Cara a la Tragedia. Escrito por Zuleika Durán Salaberría.
La foto era una toma del cordón policial en resistencia a la concentración de opositores cerca de una estación del metro, mientras enfocaba a una señora de bata verde bastante humilde, aparentemente incólume a lo que pasaba a sus espaldas, y con bolsas en la mano llenas de pan y agua, literalmente.
Leí todos los comentarios publicados hasta ese momento y me sorprendió aun más que al parecer o no estaban percibiendo lo que yo, o quienes lo hacían no habían escrito al respecto. Todo estaba lleno de aplausos al artista por haber capturado un momento tan contradictorio en la sociedad venezolana, fuera de algunos quienes resaltaban el tamaño de las mamas de la señora, pues no llevaba sostén, y las respuestas acaloradas de otros por esas burlas, recordándoles de dónde venían al nacer en varios sentidos. Por allí hubo alguien quien escribió que cada quien ve lo que quiere ver, y esto en gran parte es muy cierto.
Rechacé la fotografía enseguida, como expuse en el comentario que hice, porque estaba viendo a esa mujer, no el contexto ni lo que estaba representando. ¿Habría dado su consentimiento para ser expuesta de esa forma? ¿Sabría que sus mamas sin sostén saldrían en una fotografía de un famoso diario virtual esa noche? ¿Tendría el conocimiento pertinente para entender lo que es el arte y desear participar de una expresión de crítica social como al final han resultado las obras de teatro, las pinturas, y ahora desde la cultura pop, el cine y la fotografía? ¿le habría importado? ¿Tendría la conciencia de estas y otras cuestiones que le permitiesen aceptar ser parte del trabajo fotográfico de alguien quien deseaba decir algo? Estas preguntas sobre la información al otro de que será usado para transmitir un mensaje en base a ciertos criterios del fotógrafo sobre lo que es correcto y lo que no, sobre la evaluación de las acciones en base al concepto de bienestar que tiene esa señora, sobre el hecho de que ella sepa que puede decidir salir o no en los medios, tienen respuestas con las que crece la conciencia del individuo.
Supuse y escribí que la foto pretendía "realzar la dignidad de alguien quien probablemente la perdió por la situación-país" pero que al hacerlo, estaba atentando "contra la misma dignidad a la que apunta". Es muy certera la distinción que hace un medio tan sencillo y fácil de conseguir como lo es Wikipedia, sobre el concepto de "persona", aquello que refiere a lo singular en el sujeto, en contraste con "naturaleza humana", que envuelve lo común entre todos los seres humanos. El individuo como persona se relaciona desde la concepción moderna de autonomía, o como describe Adela Cortina, "la conciencia de que un individuo es capaz de darse a sí mismo sus propias leyes" (Cortina, 2008, p226 ) y que son términos basados en el principio kantiano de autonomía: "No elegir sino de tal modo que las máximas de su elección estén simultáneamente comprendidas en el mismo querer como ley universal" (Kant, 2012, p157). El valor que se le da a esta capacidad de ir desde lo individual a lo universal como ninguna otra especie, permite reconocer a los seres humanos como dotados de dignidad gracias a esta condición.
La dignidad es un valor intransferible e interno que poseemos los humanos por ser los únicos capaces de autonomía, como lo fundamentan las éticas formales. Fuera de las discusiones (bio)éticas con respecto a los seres humanos incapacitados de autonomía por factores congénitos o por enfermedad y que merecen consideraciones aparte, es esta capacidad la que permite pensar en que un derecho propio sea un derecho de todos, o entender que si me oriento hacia lo mejor, hacia lo bueno, hacia el Bien o hacia la Felicidad, como lo han expuesto las éticas sustancialistas, entiendo que todos pueden querer eso también. No es difícil asimilar entonces a las dos grandes dimensiones del sujeto como autonomía y autorrealización. Una conciencia cada vez mayor de las cosas equivale a mayor autonomía, pues el "consentimiento informado" supera las acciones de aquellos que refuerzan desde un paternalismo médico hasta una heteronomía política, pasando por todo aquel profesional que toma decisiones constantemente sin considerar las del otro, y todo por suponer a los demás incapaces de decidir por sí mismos sobre su propio bienestar.
El artista podría replicarme que en esta entrada soy yo quien está atentando en contra de su autonomía, en base a las tres generaciones de derechos humanos: el respeto a la vida, a la expresión libre y a la libertad de pensamiento y conciencia (Cortina, 2008, p199). Es clara la intención del fotógrafo de expresar su opinión y plausible su actividad hacia el fomento de mejores condiciones de vida para todos, al no quedarse en la reflexión sobre los contrastes en el país en estos momentos de conflicto y necesidades, en su demostración de conciencia sobre lo que ocurre y en el impulso de querer concienciar a los demás sobre los problemas que nos atañen para así, unidos todos en la idea de un mejor país, actuar con más claridad. Yo respondo que esto es tan simple como las ficticias leyes de Asimov para la robótica: la dos y la tres son válidas, siempre y cuando no entren en conflicto con la primera. En dado caso, sería él mismo quien estuviese atentando contra su propia autonomía al no entender en qué forma vulnera a la protagonista de su foto y en general, darle continuidad a su heteronomía, ejerciendo aparentes reglas impuestas con "cierto grado de indiferencia" ante esta imposición. En la práctica, una forma ideal de medir esto en la mente ocurriría si el fotógrafo se preguntase a sí mismo: ¿Y sí fuese yo esa persona? ¿lo permitiría? ¿Me incomodaría por alguna razón si me veo de repente en una foto expuesta en las redes? ¿O si no me informan los pros y los contras de un tratamiento? ¿O si no sé qué decisiones tomará "por mi bien" aquella asamblea?
La supremacía de las prácticas sociales con respecto al individuo autónomo es parte de nuestra herencia contemporánea, una forma de antihumanismo teórico convencido de que los individuos no poseen tal grado de autonomía porque todas sus creencias y deseos son un producto de lo que su sociedad y su ideología le han forjado. Los individuos no harían Historia, sino las masas, como afirma Althusser. Pero si somos humanos, un antihumanismo sería una enfermedad; siendo así, hay que ver las críticas que generan en las personas como "síntoma de salud". Si bien no somos tampoco sólo razón (pura) como sigue en su exposición Cortina y citando otros autores, sino un producto de un conjunto de tradiciones que nos empujan a interpretar nuestras experiencias, ahora los profesionales de las éticas contemporáneas ya no van exclusivamente por las competencias del deber o la censura de la tradición como un agente contaminante de lo racional, sino más bien a descubrir si existen tradiciones "desde las que se propone un universalismo ético". ¿Es posible una ética mundial? Ya es un debate dentro y fuera de las religiones, sin que se deje a un lado la tradición al menos que de hecho, se muestre irracional para los nuevos contextos.
Parece que está bien "humanizar" las imágenes, darle una cara al hambre, a las guerras, a la violencia y a todos los aspectos negativos de nuestras sociedades. ¡Pero por qué tengo que ser yo quien represente algo tan feo? Ese "yo" es a propósito, pues si parto de mi autonomía, estoy entendiendo que el otro no es más que un reflejo de mí, y si yo no quiero estar en semejante situación, porqué asumo que otro sí debe hacerlo en atención a mi trabajo fotográfico, ya que tenía la oportunidad de expresarlo delante del lente. Nuestra generación pudo observar en 1984 la portada de una influyente revista con unos increíbles ojos verdes de una niña de 12 años que "se convirtieron en todo un símbolo de la miseria y el sufrimiento del pueblo afgano" según palabras del diario El País el 13/03/2002. Ahora sabemos su nombre: Sharbat Gula, y también tenemos la noción de lo que pudo haberle pasado si los hombres de su región hubiesen notado que su cara estaba por todo el occidente, debido a su condición de musulmana. Pero en eso no fue lo que pensó en aquel momento Steve McCurry, considerado una leyenda del fotoperiodismo. ¿Sería inverosímil entender porqué la compañía junto con este experto fotógrafo hablando todo el tiempo de su obsesión por saber quién era esa niña, llevasen una costosa búsqueda y luego montasen todo un documental en el 2002 sobre esta ahora madre de cuatro hijos? Al encontrarla, podían contribuir con los tiempos cambiantes. Para McCurry pudo haber sido la oportunidad de ser como fotógrafo esta vez "la cara de la condición humana" cumpliendo el sueño de su obsesión, mientras para la empresa podría ser la mano que extienda un lapicero y unos cuantos centavos que los exonere de cualquier posible demanda en un presente muy distinto al de 1984.
Uno de los requerimientos al momento de apresar a una persona sospechosa de delinquir es una foto de frente y otra de perfil. Se necesita el registro de su cara y sus huellas para, entre otras cosas, hacer un reconocimiento y poder estar "fichado" por delitos futuros. Fuera de esto, o de los momentos en que gritamos en las reuniones: "¡foto, foto!", no tenemos porqué esperar que nuestro rostro salga en algún sitio sin que lo sepamos. Que fotógrafos considerados leyendas lo hayan hecho durante mucho tiempo, solo vuelve a una tradición una pretensión de universalismo ético sobre un relativismo moral en el cual debe tolerarse este comportamiento así vaya en contra de los estándares culturales o individuales del afectado. Y no debe ser casualidad que las imágenes más comunes sean de mujeres, niños y cadáveres. Recordemos los dibujos "sesenteros" de perfectas amas de casa en publicidad de electrodomésticos y de niños fumando en vallas de cigarrillos, o más recientemente de una princesa Diana fotografiada hasta su fatal accidente. ¿Por qué no fue un niño varón el protagonista de esa portada de revista?
El artista podría replicarme que en esta entrada soy yo quien está atentando en contra de su autonomía, en base a las tres generaciones de derechos humanos: el respeto a la vida, a la expresión libre y a la libertad de pensamiento y conciencia (Cortina, 2008, p199). Es clara la intención del fotógrafo de expresar su opinión y plausible su actividad hacia el fomento de mejores condiciones de vida para todos, al no quedarse en la reflexión sobre los contrastes en el país en estos momentos de conflicto y necesidades, en su demostración de conciencia sobre lo que ocurre y en el impulso de querer concienciar a los demás sobre los problemas que nos atañen para así, unidos todos en la idea de un mejor país, actuar con más claridad. Yo respondo que esto es tan simple como las ficticias leyes de Asimov para la robótica: la dos y la tres son válidas, siempre y cuando no entren en conflicto con la primera. En dado caso, sería él mismo quien estuviese atentando contra su propia autonomía al no entender en qué forma vulnera a la protagonista de su foto y en general, darle continuidad a su heteronomía, ejerciendo aparentes reglas impuestas con "cierto grado de indiferencia" ante esta imposición. En la práctica, una forma ideal de medir esto en la mente ocurriría si el fotógrafo se preguntase a sí mismo: ¿Y sí fuese yo esa persona? ¿lo permitiría? ¿Me incomodaría por alguna razón si me veo de repente en una foto expuesta en las redes? ¿O si no me informan los pros y los contras de un tratamiento? ¿O si no sé qué decisiones tomará "por mi bien" aquella asamblea?
La supremacía de las prácticas sociales con respecto al individuo autónomo es parte de nuestra herencia contemporánea, una forma de antihumanismo teórico convencido de que los individuos no poseen tal grado de autonomía porque todas sus creencias y deseos son un producto de lo que su sociedad y su ideología le han forjado. Los individuos no harían Historia, sino las masas, como afirma Althusser. Pero si somos humanos, un antihumanismo sería una enfermedad; siendo así, hay que ver las críticas que generan en las personas como "síntoma de salud". Si bien no somos tampoco sólo razón (pura) como sigue en su exposición Cortina y citando otros autores, sino un producto de un conjunto de tradiciones que nos empujan a interpretar nuestras experiencias, ahora los profesionales de las éticas contemporáneas ya no van exclusivamente por las competencias del deber o la censura de la tradición como un agente contaminante de lo racional, sino más bien a descubrir si existen tradiciones "desde las que se propone un universalismo ético". ¿Es posible una ética mundial? Ya es un debate dentro y fuera de las religiones, sin que se deje a un lado la tradición al menos que de hecho, se muestre irracional para los nuevos contextos.
Parece que está bien "humanizar" las imágenes, darle una cara al hambre, a las guerras, a la violencia y a todos los aspectos negativos de nuestras sociedades. ¡Pero por qué tengo que ser yo quien represente algo tan feo? Ese "yo" es a propósito, pues si parto de mi autonomía, estoy entendiendo que el otro no es más que un reflejo de mí, y si yo no quiero estar en semejante situación, porqué asumo que otro sí debe hacerlo en atención a mi trabajo fotográfico, ya que tenía la oportunidad de expresarlo delante del lente. Nuestra generación pudo observar en 1984 la portada de una influyente revista con unos increíbles ojos verdes de una niña de 12 años que "se convirtieron en todo un símbolo de la miseria y el sufrimiento del pueblo afgano" según palabras del diario El País el 13/03/2002. Ahora sabemos su nombre: Sharbat Gula, y también tenemos la noción de lo que pudo haberle pasado si los hombres de su región hubiesen notado que su cara estaba por todo el occidente, debido a su condición de musulmana. Pero en eso no fue lo que pensó en aquel momento Steve McCurry, considerado una leyenda del fotoperiodismo. ¿Sería inverosímil entender porqué la compañía junto con este experto fotógrafo hablando todo el tiempo de su obsesión por saber quién era esa niña, llevasen una costosa búsqueda y luego montasen todo un documental en el 2002 sobre esta ahora madre de cuatro hijos? Al encontrarla, podían contribuir con los tiempos cambiantes. Para McCurry pudo haber sido la oportunidad de ser como fotógrafo esta vez "la cara de la condición humana" cumpliendo el sueño de su obsesión, mientras para la empresa podría ser la mano que extienda un lapicero y unos cuantos centavos que los exonere de cualquier posible demanda en un presente muy distinto al de 1984.
Uno de los requerimientos al momento de apresar a una persona sospechosa de delinquir es una foto de frente y otra de perfil. Se necesita el registro de su cara y sus huellas para, entre otras cosas, hacer un reconocimiento y poder estar "fichado" por delitos futuros. Fuera de esto, o de los momentos en que gritamos en las reuniones: "¡foto, foto!", no tenemos porqué esperar que nuestro rostro salga en algún sitio sin que lo sepamos. Que fotógrafos considerados leyendas lo hayan hecho durante mucho tiempo, solo vuelve a una tradición una pretensión de universalismo ético sobre un relativismo moral en el cual debe tolerarse este comportamiento así vaya en contra de los estándares culturales o individuales del afectado. Y no debe ser casualidad que las imágenes más comunes sean de mujeres, niños y cadáveres. Recordemos los dibujos "sesenteros" de perfectas amas de casa en publicidad de electrodomésticos y de niños fumando en vallas de cigarrillos, o más recientemente de una princesa Diana fotografiada hasta su fatal accidente. ¿Por qué no fue un niño varón el protagonista de esa portada de revista?
Si no me dicen:"¡foto! ¡foto!" pues podrían tratarme como a una delincuente, tal como si fuese un delito ser pobre, estar en medio de una guerra, pertenecer a un grupo con ciertas creencias o pasar entre una concentración para ir a mi casa, porque al final, todo quedará en manos de lo que interpreten los demás según la fotografía, me guste o no, sea cierto o falso.
Es cierto que la foto de la niña Sharbat no se ve igual con los ojos "pixelados" pues yo misma los desenfoqué en una aplicación muy sencilla disponible on-line, así como lo hice con la foto de la señora quien dio pie a este escrito, pero que no publico por no haberles pedido autorización. Si se es tan buen fotógrafo, seguramente se podrá trascender a las formas dadas hasta ahora para ponerle "caras" a los temas que nos afectan. Soy radiólogo, y sé que las imágenes que adquiero no debo "regarlas por allí" pues atenta en contra de los pacientes. No necesito mostrar una mamografía identificada y que contenga un tumor previo estudio histológico para ponerle un nombre al cáncer de mama. De eso se encargan voluntariamente las millones de pacientes quienes están activas para promover la prevención temprana y contribuir a minimizar el número de decesos por esta enfermedad, causa número uno de muerte en mujeres aquí en Venezuela en la actualidad. No necesitamos violentar ningún código para lograr concienciar al mundo de sus propios problemas. Si podemos ingeniárnosla para escribir un pensamiento en un reducido número de caracteres, o revelar una fractura de cadera casi sin tocar y evitando lo mejor que se pueda el dolor de un paciente crítico, estoy segura que podremos encontrar nuevas formas de "humanizar" la tragedia sin vulnerar a las personas.
Es cierto que la foto de la niña Sharbat no se ve igual con los ojos "pixelados" pues yo misma los desenfoqué en una aplicación muy sencilla disponible on-line, así como lo hice con la foto de la señora quien dio pie a este escrito, pero que no publico por no haberles pedido autorización. Si se es tan buen fotógrafo, seguramente se podrá trascender a las formas dadas hasta ahora para ponerle "caras" a los temas que nos afectan. Soy radiólogo, y sé que las imágenes que adquiero no debo "regarlas por allí" pues atenta en contra de los pacientes. No necesito mostrar una mamografía identificada y que contenga un tumor previo estudio histológico para ponerle un nombre al cáncer de mama. De eso se encargan voluntariamente las millones de pacientes quienes están activas para promover la prevención temprana y contribuir a minimizar el número de decesos por esta enfermedad, causa número uno de muerte en mujeres aquí en Venezuela en la actualidad. No necesitamos violentar ningún código para lograr concienciar al mundo de sus propios problemas. Si podemos ingeniárnosla para escribir un pensamiento en un reducido número de caracteres, o revelar una fractura de cadera casi sin tocar y evitando lo mejor que se pueda el dolor de un paciente crítico, estoy segura que podremos encontrar nuevas formas de "humanizar" la tragedia sin vulnerar a las personas.
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